Los factores externos e involuntarios, como podrían ser los vecinos haciendo ruido, los hijos despertándose, o una necesidad imperiosa de ir al baño o a la cocina a beber o comer algo, pueden afectar a nuestro sueño.


Son molestos, pero, por suerte, este tipo de despertares no tienen nada que ver con un trastorno del sueño. No obstante, el hecho de que no puedas volver a conciliar el sueño rápidamente sí puede ser una señal de uno.


Esto podría deberse a varios aspectos, como por ejemplo una presión del sueño insuficiente, o ciertos hábitos que mantienen tu cerebro alerta (comidas copiosas, pantallas, cafeína, demasiado estrés, etc.).


Al trabajar en esos aspectos que mantienen el insomnio, podrás mejorar la calidad de tu sueño aprendiendo cómo actuar para que esos factores externos no te afecten.